El árbol

Y esa noche, un chasquido de dedos en forma de canción.

Como un torbellino se enredó en el laberinto formado por mente y alma. Un torbellino desconocido hasta aquel momento. De pronto todo se revolvió, se sumergió en un mar de sorpresa, inquietud y melancolía. No entendía muy bien por qué y llegó a robarle el sueño.

Volvía a no encontrar el mapa de dónde sacó aquel tesoro. Se había perdido en algún punto entre la protección y el dolor. ¿Dónde estaba? ¿Cómo volver a encontrarlo? se quería abrazar a su apreciada pero perdida, soledad.

Gritando en silencio quería volver a verla. Correr por aquellas calles donde las noches se hacían días. Sin mirar. Sin oír. Sin sentir.

Y, como por arte de magia, aquel calor vestido de amor, calmaba ese terremoto. Al perder la consciencia, el sueño se vestía de anhelo. Sus pasos caminaban hacia ese lugar, donde no lo era pero lo parecía, donde buscaba lo que, creía que sí, pero no había conseguido.

Donde, como un mendigo, pedía un pequeña sonrisa para pasar el día. La encontraba, fría, sobre aquellos colores electrónicos pues la calidez de la misma se encontraba lejos, a kilómetros de su alma y sus sueños.

Y de repente ahora, camuflada por el tiempo y las corazas. Encogida por los miedos, a ser, a sentir, a querer, al dolor.

Si, no era. Estaba pero no era, aunque lo pareciera. Encogido en hierro y encarcelado por los años o los daños. Solo podía ser cuando aquel calor estaba cercano a su piel. Y todo ello por una canción, una frase, mil preguntas... una respuesta.

Emoción. En exceso. Por la falta de ella, tanto tiempo atrás.

Y la melancolía volvía, la rabia ya no era juez ni parte. Las preguntas, todas. Sin respuestas.

Moviendo el árbol, así ha quedado. Cojo, tuerto, tonto... Invisible.



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