El tiempo ordena
Cómo hablar cuando el silencio vacío es el único habitante del lugar.
Cuando se construye una imagen “bonita” que, en ciertas mentes, funciona a la perfección aun no siendo la realidad.
En la vida siempre existen, como mínimo, tres verdades: la de uno, la del otro y la verdad. Cada cual vive los hechos desde su propia perspectiva y llega un momento en el que es necesario comprender que esa versión no puede ser modificada por nadie más. Es la que existe. Y desde ahí, no hay forma de sacarla.
Por eso, a veces, alejarse, observar y cuidarse es la única opción. No se trata de dejar caer, de romper ni de forzar que algo florezca.
Es algo más profundo: una manera de proteger la calma, la paz y la serenidad que nacen de estar seguro de lo vivido y de lo sentido.
No va de destino ni de falsas idealizaciones. Va de algo más humano. Va de coherencia.
Y la coherencia, casi siempre, solo llega con el tiempo y con la distancia física o mental.
En muchas ocasiones, perseguir, explicar, justificar o sobrecontar solo genera desgaste. Tanto en quien escucha como en quien suplica ser entendido.
Quitándole todo el romanticismo, la ciencia es clara: el tiempo es el único capaz de reordenar hechos, palabras y emociones. No porque sea mágico, sino porque la mente humana funciona así.
Podemos preferir pensar en conexiones invisibles, en hilos rojos que unen y separan, en fuerzas externas que atraen o alejan. Y también eso es humano. Creer que algo ajeno a nosotros se encargará de arreglar o destruirlo todo. Porque también es algo humano tener fe.
Pero, en el fondo, no son los destinos ni los entes los que deciden, sino nuestros comportamientos, nuestras elecciones y nuestras responsabilidades.
El tiempo no cura nada, solo lo ordena.
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