Después del nudo
Quizá ha llegado el momento de volver a coger la vida donde se paró.
Volver a soñar, volver a crear, volver, sencillamente.
Crear hilos de palabras que desenreden los nudos que se fueron formando durante años. Esos que no dejaban avanzar, que no permitían reír completamente, que solo pedían paz, calma y silencio. Nudos y más nudos.
El primero que apareció era tan grande que no supo por dónde empezar a deshacerlo. El síntoma fue pequeño al principio, casi insignificante, parecía poder remendarse en un momento. Pero eso solo sirvió para descubrir que, en su interior, habitaban innumerables enredos.
El proceso no fue idílico. No fue sencillo. No fue apacible.
Hubo momentos de todo tipo: desde encontrar la calma tras una hora de conversación, hasta la ira más profunda y el llanto más desgarrado.
Pocos podrán entender de qué hablo.
Aquel año en que, a escondidas, decidió poner remedio a todo aquello fue inestable, duro, incomprensible. Ni siquiera quienes estaban a su alrededor podían imaginar todas las emociones que bullían en ese corazón. Y era normal. Las palabras no salían, el silencio era inevitable. La cabeza hervía de dolor no expresado, el cuerpo se volvía rígido como una tabla y la expresión, apática, reflejaba todas las ausencias, todos los “aquellos a los que quiero, siempre se van”.
Nadie lo iba a entender.
Y así fue.
Porque, de haberlo entendido, quienes tuvieron la opción de elegir, nunca se habrían ido.
Fueron pasando los años y, poco a poco, la comprensión empezó a habitar el alma. La compasión también. El crecimiento también. La madurez también. Aunque el rostro y el cuerpo siguieran congelados en la apatía.
Andar suponía un esfuerzo sobrehumano. Levantarse de la cama era como intentar incorporarse en medio de un océano bravo, recibiendo ola tras ola. Solo había una cosa capaz de suavizar ese oleaje: una presencia que no hablaba, solo miraba y acompañaba. Y con su mirada decía: “sal de ahí, que nos vamos”.
Pero aquella mirada también se marchó.
Demasiadas olas en un mar revuelto para una playa que buscaba sol y calma.
Sin embargo, tras esta obra descomunal de desescombro —y también durante ella— hubo almas limpias y puras que estuvieron. Que sostuvieron. Sin palabras, sin juicios. Ellas resistieron leales a las embestidas, a las malas caras, a los malos días. Y con ellas aparecieron hermosos paisajes.
Paisajes.
Siempre dignos de admirar, porque cada uno tenía algo peculiar, algo que fotografiar, algo que imaginar. Esa fue una de las pasiones perdidas: el encuadre. Buscar el momento perfecto, la luz, la sombra. Caminar por la vida en busca de ello.
Por asfalto, por tierra, por césped.
Caminar buscando la belleza externa… y la interna.
Sí, interna. Porque la belleza habita dentro. Y si no se encuentra afuera, quizá es porque algo dentro no está funcionando bien. Nunca es tarde para darse cuenta de esto. Para comprender que, si solo se perciben rechazo, indiferencia, abandono, odio o desprecio, quizá no es que eso sea lo que se recibe, sino que uno mismo se está negando a recibir todo lo contrario.
La vida puede ser increíblemente maravillosa. Siempre.
Incluso con sus desprecios, decepciones y dolores.
Si se sabe encontrar la belleza ahí.
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