Antorcha y libertad


De una mano la antorcha, de otra la libertad, el chasquear de la llama quemaba la cabeza al hilo de las ideas represoras que inspiraban aquel movimiento.

Andando a la par que la fuerza que salía del corazón rojo como mis pensamientos, sin dejarme vencer por aquel miedo que sólo creaban los grises que vivían en la fantasía de  un mundo mejor.  Ilusos. Pobres ilusos que se dejaban ver por palabras, cual esclavos vestidos con traje y bombín.

A mi paso encontré todo tipo de madres, todo tipo de hijos, todo tipo de supuestos señores que jugaban a la moral de los mismos sin darse cuenta que anidaban la de los siervos. La de los cortesanos que corrían con el periódico en la boca para su mecenas.

Intuían mi locura pero no llegaban a captarla, algún valiente quiso entregar sus pasos al olvido al que me dirigía yo, se añadió a mis anhelos de volar. Caminábamos sin rumbo cuando a lo lejos vimos las llamaradas. Alguien había comenzado el trabajo que tantos años nos costó, a algunos, luchar con nosotros mismos.

El bosque oscuro quedaba plenamente iluminado por aquella casa que horas después se convertía en cenizas. Mis pies ya no sentían el temblor de la muerte, ni mi voz el terror de sus bombas. Corrí. Escuché su llanto y corrí. Alguien intentaba aleccionar aquella niña de tez pálida y silenciada por el horror.

¿Qué explicaciones había de dar ella si su padre era un villano sin piedad? ¿Qué culpa tenía aquel hermoso ángel de la crueldad humana en todo su esplendor? ¿No tenía suficiente castigo viendo aquel que le dio la vida, pudrirse entre la fogata que había formado?

Su rostro celestial mostraba la ternura y el desconsuelo de una vida, de lo que una vida puede marcar a otra. Un destino fortuito, sin marcas creadas por ella misma. Su seña de identidad se la regalaba su padre al nacer al igual que las huellas.

Huellas imborrables que no se cansaba de limpiar cada día bajo su ducha. Con toda su fuerza. Con la agonía del que busca un brillo inexistente. Su ser lo llevaría de por vida… Su vida se contaba en dos llamas y mil gotas de agua. Su libertad con precio. Su antorcha sin libertad.

La condena eterna del silencio y en su mirada un nuevo despertar…. Desgarros en el alma. Recuerdos del ayer. Mirando al mañana con la maleta de la paz, sencillamente, cargada.

“Papá, en mis manos no llevo armas. En mi maleta van las sonrisas que tú borraste, la única herencia que quise quedarme. Las balas te las regalo. Están junto a ti en aquella hoguera cargada de odio y quebrantos. Ahora me regalo yo lo que tú no me diste. La felicidad de ser y de hacer. Las ganas de no volver y el triunfo de los sueños mientras los planes cayeron a tus pies. Del bando de los soñadores. Del lado de la verdad. Sin tus falsos juegos de azar, ni tus montañas de cuerpos arruinados. Adiós a tu castigo. A mi llanto. Adiós… Padre.”

Rumbo a ningún lugar. A ninguna parte. Jugando al sueño y envolviendo la realidad en ellos.

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