Antorcha y Libertad II


Continuó su lucha interna, propia del tormento que dividía su pequeño cuerpo. Aún recuerdo aquellos ojos empapados en agonía y silencio. Eran de color gris perlado. “El espejo del alma”, como alegaba cuando la preguntaban. Su alma, sin quererlo, siempre sería de aquellos grises que se lo robaron.

Sus mejillas sonrojadas eran su hito hacia la esperanza de una vida llena de color. Las acariciaba frente al espejo. Se decía a sí misma “ese es mi camino, mi sueño, mi meta…” Alcanzar aquel rojo fundido en pasión por la felicidad que le denegaron en algún momento. Cuando tan solo formaba parte de un adorno.

Desde mi ventana hacia el cielo, la observé día tras día, analizando cada movimiento de sus pensamientos. Ella no se daba cuenta. Aquella pequeña temerosa y sin rumbo, se convertía en una preciada pieza de oro, irresistible a cualquier cazador de almas sin fe. Depredadores de inocencia y vida.

Se desdibujó, se volvió a inventar, redecoró el mundo a su antojo para vengar la sinrazón de aquel mundo de locos. Sin llegar  y llegando. Sin saber y sabiendo.

Buscó su fórmula, la química entre las físicas andantes, lo viviente y lo superviviente, pendiente de un hilo que cosía su miedo. Grabado a fuego su lamento en sonrisas. Fantasías encontradas en miles de biografías. Su eco. El eco de su ser prendido en algún punto de la piel mudada. “Si yo no sé quién soy, ¿Quién sabe de mi lo suficiente?” Se preguntaba mientras pincelaba su mirada cara al sol.

Mutando sin destino, con acierto y cobijo… El empedrado recuadro que camina sin sentido. Que asiente sin camino, que recoge los frutos podridos que algún día se plantaron.

Mientras la veía en su mundo, en su íntimo recuadro de razones, de lamentos  y sonrisas, me preguntaba si sabía lo que le deparaba el mundo. ¿Encontraría quién no la juzgue?¿Dejaría de juzgarse ella para que no lo hiciesen los demás?

Y es que, nuestro propio pensamiento es el único capaz de cambiar valoraciones ajenas. No son los demás los encargados de definirnos, sino nosotros mismos para que ellos vean lo que nosotros queremos.

Claudia, así se llamaba aquella muchacha de cara dulce y alma negra, pensaba de sí misma que nadie la aceptaría por llevar un apellido, pero… ¿Aceptaba ella ese apellido?

Recorrí sus pasos, hacia el parque donde se sentaba a añorar tiempos pasados, hacia aquella estatua que le hacía de consejero silencioso, posé mis ideas donde estuvieron las suyas. Sabiendo cuales eran, estudiando cada mirada y cada caricia a su larga melena.

No se daba cuenta que yo estaba, tan si quiera se daba cuenta que estaba ella misma. No fijaba su meta en conocerse. Su meta era la justificación constante porque el mundo le había enseñado que no existía la amistad. La que te adorna sin preguntar, la que te emprende sin reprochar….

Claudia aún tenía mucho que andar… Demasiado por inventar…


Y fue entonces cuando aquella nube pasajera de respeto, se posó sobre su cabeza. Con la timidez de un niño rebuscando en la ignorancia, encontrando la admiración para regalársela con sus palabras.

Navegaba a la deriva en botellas incrustadas de preguntas. ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Dónde?, no sabía explicarse cuáles habían sido los argumentos de sus manos.

Amontonaría palabras sumisas de su propia represión. Encontrando la ironía como escudo ante la vida. El sarcasmo su fiel compañero de puñaladas directas. “¿A quién pretendes dañar?, si el filo del cuchillo se te clava en un costal.”

La joven no se entendía porque no se conocía. Mientras caminaba por la hierba seca, rasgando sus pies y formando rozaduras en sus plantas. Dolía, escocía. Pero continuaba con aquel sacrificio impuesto por ella misma. Lo necesitaba.

“Basta ya.” Imaginaba su piel gritando muda al aire. Dobló sus rodillas para adoptar su postura a lo que su mente solicitaba. Su espalda se posaba de frente al inmenso. Su cabeza se fugaba a aquella nube del respeto. Cerró los ojos y la escuchó.

No debes obligar, obligarte. No debes dirigirte a un camino sin sombras porque siempre hallarás alguna luz, y no podrás echarla. No tienes que forzar tu mente a lo que no puedes. No has de provocar la rabia que no tienes. Eres libre. Eres tú. No busques. Solo encuentra.”

Sentenciaba sus palabras, sellándolas entre rayos bendecidos por sus pupilas. Su propio ser se estaba encerrando por la venganza que no existía. Se dejaba llevar a intensos mundos de rebeldía sin oponente. Porque su alma era ya, de por sí, rebelde.


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